La Unción de los Enfermos es el sacramento que reciben los que están enfermos o sufriendo. Por la unción sagrada y la oración del sacerdote, la Iglesia entera encomienda a Cristo a los que están enfermos. La persona enferma recibe los dones del Espíritu Santo de fortaleza, fe, paz y coraje, y su sufrimiento se une al sufrimiento de Cristo, para la edificación de la Iglesia (Catecismo de la Iglesia Católica [CIC], nos. 1520-23).  

Con el sacramento de la Unción de los Enfermos, la Iglesia lleva a cabo la misión de Jesús de brindar compasión y curación a los enfermos. Quien está enfermo también puede atender a otros. Uniendo su sufrimiento a Cristo, los que están enfermos pueden ser signos de fe y testigos de la resurrección de Cristo ante toda la comunidad (Juan Pablo II, Christifideles Laici [Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo], no. 54). 


Una celebración comunitaria

El sacramento de la Unción de los Enfermos se celebra “de forma litúrgica y comunitaria.” En el hogar familiar, el hospital o la iglesia, los miembros del Cuerpo de Cristo se reúnen para el rito sacramental encabezado por un sacerdote. El rito penitencial seguido de la Liturgia de la Palabra y la unción sacramental de los enfermos puede inspirar y confortar tanto a los enfermos como a sus familiares y amigos que están reunidos (CIC, nos. 1517- 18). Muchas parroquias tienen celebraciones comunitarias en que muchas personas reciben el sacramento. Estas celebraciones sacramentales son una fuente de “fortaleza en el dolor y en la debilidad,” de “esperanza en la desesperación,” y un “lugar de encuentro y de fiesta” para toda la comunidad (Christifideles Laici, no. 54). 

Conexión con la comunión de los santos 

La unción con óleo sagrado es un signo de bendición del Espíritu Santo al que está enfermo. El Óleo de los enfermos, que recibe una bendición diferente del Crisma, el óleo usado durante el Bautismo, la Confirmación y el Orden Sagrado, recuerda la participación de la comunidad en el Espíritu Santo y la conexión de la persona enferma con el entero Cuerpo de Cristo y la comunión de los santos.

Imitación de la compasión de Cristo 

En los Evangelios, la gran compasión de Cristo hacia los enfermos se expresa en las curaciones milagrosas que realiza, las cuales curan a la persona entera, en cuerpo y alma. Parábolas como el buen Samaritano (Lc 10:29-37) y el juicio de las naciones (Mt 25:31-46) instan a los seguidores de Cristo a compartir su ministerio de compasión y curación y a imitar su “amor preferencial por los enfermos” y todos los que sufren (CIC, nos. 1503, 1506; papa Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis [Sacramento de la caridad], no. 22). 

Solidaridad con todos los que sufren 

Cuidamos de los enfermos porque los vemos como hijos de Dios y parte de nuestra familia humana. Cuando una parte del Cuerpo de Cristo sufre, todos sufrimos (1 Cor 12:26). El sufrimiento de uno afecta a todos. Por lo tanto, estamos llamados a la solidaridad, es decir, “que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (Juan Pablo II, Sollicitudo Rei Socialis, no. 38; Benedicto XVI, Caritas in Veritate [La caridad en la verdad], no. 38). 

Por nuestra compasión, recordamos a los que están enfermos que “la Iglesia participa de vuestro sufrimiento que conduce al Señor, el cual os asocia a su Pasión redentora” (Sínodo de los Obispos, Per Concilii Semitas ad Populum Dei Nuntius, no. 12). Estamos llamados a confortar, orar y ser solidarios con todos los que están enfermos o sufren. 

Cuidar de los que sufren no es una carga, sino un regalo. Los que cuidan de los enfermos hacen un trabajo sagrado e importante; caminan con el pueblo sufriente de Cristo y de esa manera sirven a Cristo mismo (Mt 25:31-46). Los que atienden a los enfermos y los que trabajan por una atención de salud digna para todos se convierten en “la imagen viva de Cristo y de su Iglesia en el amor a los enfermos y los que sufren” (Christifideles Laici, no. 53). 

Unión con la Pasión de Cristo 

Aunque es posible que el sacramento pueda traer curación física, la Unción de los Enfermos tiene que ver principalmente con la curación de la esperanza y del espíritu. Sobre todo, el sacramento permite a la persona que está enferma unirse más estrechamente a la Pasión de Cristo. Esto da al sufrimiento un nuevo significado: una participación en la labor salvífica de Jesús. Se trata de un poderoso testimonio que se da por el bien de toda la Iglesia (CIC, nos. 1521-22).

Faros de esperanza 

Juan Pablo II escribió: “También los enfermos son enviados como obreros a [la viña del Señor]” (Christifideles Laici, no. 53). Al unir los enfermos sus sufrimientos a los de Cristo, se convierten en portadores de la alegría del Espíritu Santo en medio de la aflicción y en testigos de la resurrección de Cristo. La Unción de los Enfermos atestigua el hecho de que todos están llamados a participar en la redención del mundo (Sacramentum Caritatis, no. 22). Todos tenemos un papel en la santificación y edificación de la Iglesia, sea cual sea nuestra condición física. Como dijo el Sínodo de los Obispos a una audiencia de personas enfermas y sufrientes: “Contamos con vosotros para enseñar al mundo entero lo que es el amor” (Per Concilii Semitas ad Populum Dei Nuntius, no. 12). 

Testimonio de dignidad 

El sacramento nos recuerda que toda persona está hecha a imagen y semejanza de Dios y tiene una dignidad que permanece intacta, sufra el cuerpo lo que sufra. La atención a los enfermos es un poderoso testimonio del hecho de que la dignidad humana es intrínseca y no aumenta o disminuye según el estado físico o habilidades de una persona. Por eso la Iglesia trabaja para proteger la vida y la dignidad de la persona en cada etapa de la vida—el embrión, la persona que sufre de sida, la familia en la pobreza y la persona que se acerca a la muerte—y por ello trabaja por procurar el acceso a una atención de salud digna para todos.  


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