Los sacramentos celebrados por la Iglesia son signos de la gracia que hacen que una realidad más profunda se presente ante nosotros. Una realidad que encontramos a través de los sacramentos es la presencia de Cristo en la comunidad de la Iglesia, su cuerpo. Este reconocimiento de la presencia de Cristo en la comunidad debe llevar a una mayor conciencia de estar enviado en misión a emprender acciones en el mundo inspiradas en el amor. 

Como señala el papa Benedicto XVI en Deus Caritas Est (Dios es amor), la celebración de los sacramentos y el ministerio del amor son “inseparables.” El amor en acción, dice, es “manifestación irrenunciable” de la esencia de la Iglesia (no. 25). 

Esta guía se centra en el sacramento del Bautismo, el rito de iniciación en la comunidad cristiana. Mientras lee, considere el significado de su propio Bautismo, su pertenencia a la comunidad y la misión a la que se le ha enviado.

El Bautismo nos hace “miembros los unos de los otros.” 

Desde la época del cristianismo primitivo, el Bautismo ha sido el rito de iniciación en la comunidad cristiana de la Iglesia. En el Bautismo, el “Espíritu” nos hace miembros del Cuerpo de Cristo y “los unos de los otros” (Catecismo de la Iglesia Católica [CIC], no. 1267). Juan Pablo II describe el resultado del Bautismo como una “misteriosa unidad” entre Cristo y sus discípulos, y de los discípulos entre sí, pues “todos son sarmientos de la única Vid.” Esto refleja la comunión mística de la Santísima Trinidad (Christifideles Laici [Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo], no. 12). 

El Bautismo revela la igualdad y dignidad de cada miembro de la comunidad. 

En el Cuerpo de Cristo, todos los miembros comparten “una dignidad común” de modo que “no hay . . . ninguna desigualdad por razón de la raza o de la nacionalidad, de la condición social o del sexo,” pues todos son uno en Cristo (Lumen Gentium [Constitución dogmática sobre la Iglesia], no. 32). 

El Bautismo nos exige rechazar el pecado y reevaluar nuestros valores, decisiones y estilos de vida. 

Durante el rito del Bautismo, rechazamos el pecado, renunciando a las creencias, valores y opciones que se oponen a Cristo. También rechazamos las actitudes pecaminosas que degradan la dignidad de los demás (por ejemplo, racismo, sexismo, etc.) y las prácticas que impiden que otros miembros de nuestra familia humana vivan con dignidad (por ejemplo, aborto, políticas que perjudican a los pobres, etc.). El Bautismo nos llama a rechazar la muerte y abrazar la vida y la dignidad para todos. 

En el Bautismo, profesamos nuestro compromiso con las creencias, valores y visión de la Iglesia. 

En el Bautismo, abrazamos una visión y un conjunto de valores únicos: los de la comunidad de la Iglesia, cuyos valores priorizan el amor a Dios, a uno mismo, a los demás y a toda la creación. El resto de la comunidad también se une a la profesión de fe, ilustrando que la comunidad está vinculada a través de las generaciones, el espacio y el tiempo. 

El Bautismo nos invita a una vocación de santidad y a la práctica de la caridad. 

En el Bautismo, recibimos una “vocación a la santidad,” que está “ligada íntimamente” a nuestra pertenencia a la “Comunión de los Santos,” que se esfuerza por hacer presente el “reino de Dios en la historia.” La participación en la Comunión de los Santos requiere un compromiso con la comunión con Cristo y una vida de caridad en “este y en el otro mundo” (Christifideles Laici, nos. 17, 19). 

El Bautismo nos incorpora a la vida, la muerte y la resurrección de Cristo y el trabajo constante del Espíritu Santo en el mundo. 

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (Compendio) nos recuerda: “Mediante el Bautismo, los laicos son injertados en Cristo y hechos partícipes de su vida y de su misión” (no. 541). La triple inmersión en el agua bautismal significa la muerte del pecado y la entrada en la nueva vida a través de la muerte y la resurrección de Cristo. El óleo significa la unción por el Espíritu Santo y la recepción de los dones del Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos ayuda a imitar el amor auto-sacrificial de Jesús y nos permite participar en la obra del Espíritu Santo en el mundo. 

El Bautismo nos lleva a imitar el ejemplo de Cristo. 

Los bautizados están llamados a imitar el ejemplo de Jesús y esforzarse en pensamiento, palabra y acción por vivir su amor. Esto significa trabajar para curar las heridas del pecado, vivir las bienaventuranzas, practicar el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo e imitar la vida de los santos (CIC, nos. 1694-97). Habiendo sido ungido por el Espíritu, “el cristiano puede, a su modo, repetir las palabras de Jesús: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí; por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, y a proclamar el año de gracia del Señor’ (Lc 4:18-19)” (Christifideles Laici, no. 13). 

El Bautismo nos hace discípulos ante el mundo. 

La incorporación a Cristo y a la comunidad del Pueblo de Dios significa aceptar tomar parte e identificarse con su misión de hacerse discípulos en el mundo (CIC, no. 1276, y Compendio, no. 541). Juan Pablo II escribe: “En razón de la común dignidad bautismal,” toda persona bautizada “es corresponsable . . . de la misión de la Iglesia” (Christifideles Laici, no. 15). Los bautizados deben trabajar como discípulos de Cristo cuidando a los enfermos, los oprimidos, los debilitados y los pecadores. Estamos llamados a llevar a cabo este trabajo no sólo en nuestras comunidades locales, sino también en la comunidad mundial de la que también somos miembros. De esta manera, podemos extender a todos el amor, la compasión y la misericordia de Dios que nosotros mismos hemos llegado a conocer. 

El Bautismo nos llama a vivir en el mundo, buscando el Reino en nuestra vida cotidiana. 

Durante la bendición de las aguas bautismales en la Vigilia de Pascua, recordamos la acción de Dios dentro de la historia. Por ejemplo, escuchamos sobre la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto. Los cristianos creen que “el Bautismo no los quita [a los bautizados] del mundo.” Por el contrario, el mundo se convierte en “el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos” (Christifidelis Laici, no. 15). Damos expresión a nuestra realidad bautismal en “la vida cotidiana” en “el campo” del mundo (Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis [Sacramento de la caridad], no. 79). Los bautizados trabajan dentro de los ámbitos “del trabajo, de la cultura, de la ciencia y de la investigación; el ejercicio de las responsabilidades sociales, económicas, políticas” para ordenarlas al Reino (Compendio, no. 543). Los bautizados están llamados a contribuir a la santificación del mundo. “El ser y el actuar en el mundo” son una “realidad teológica y eclesial” (Compendio, no. 543). Esta realidad es lo que nos lleva a trabajar para proteger la vida y la dignidad de todas las personas y cuidar de la creación de Dios aquí en la tierra. El papa Benedicto XVI señala que “la creación no es una realidad neutral, mera materia que se puede utilizar indiferentemente.” Por el contrario, consideramos la tierra como “creación de Dios.” Nuestro Bautismo nos ayuda a ver una “relación profunda” entre nuestro trabajo aquí en la tierra y nuestro futuro con Cristo (Sacramentum Caritatis, no. 92). 

Los bautizados deben vivir como luces en la oscuridad. 

Después de ser bautizados, reconocemos o recibimos una prenda blanca para significar que nos hemos elevado con Cristo. Recibimos una vela encendida que simboliza que somos una nueva creación, iluminada por Cristo. Ahora estamos llamados a llevar esa luz en el oscuro mundo para extender la luz a los demás (CIC, no. 1243). Lo que nos ha sido dado en el Bautismo, escribe el papa Benedicto, se da para “la edificación del Cuerpo de Cristo (cf. 1 Cor 12) y para un mayor testimonio evangélico en el mundo” (Sacramentum Caritatis, no. 17). 


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